EL FRÍO
Si arrimaras la llama más poderosa a las Poras, ¡hasta ese corazón de fuego se congelaría! Conozco una persona de ese tipo. La llamaré Tía Banshee.
Tía Banshee congela todo lo que toca. Y aún cuando no toca nada, hay en su misma voz un tono glacial que a uno lo deja tieso. Y pobre de aquel al que Tía Banshee besa: en ese mismo instante, un escalofrío agudo y filoso como una navaja le recorrerá la espina dorsal de punta a punta. A ella le debo pues, haberme formado una noción tan clara y profunda, tan terrible y angustiante, del frío.

De cómo el frío se relaciona con la noche no es necesario explicar mucho. Es obvio: las Poras, las Banshees, son los fantasmales vahos de la oscuridad y los pantanos, en las crudas noches invernales. La verdadera pregunta debería ser, cómo llegué a relacionar al frío con las estrellas.

La gente poco entendida anda diciendo por ahí que las estrellas son soles. Falso: El Sol es otra estrella. Y el hecho de que con él estemos más familiarizados que con el resto, nos hace olvidar el detalle que, por otro lado, no deja de ser una perogrullada. Lo que hace la diferencia es la distancia. El Sol está, por decirlo de algún modo, ahí a la vuelta. Las estrellas, muy distantes. Por eso, solo el Sol nos trasmite su calor.
Y tal vez la estrella más distante sea, al mismo tiempo, la más candente... No lo niego:
Cuanto más intenso es el frío, más nos quema.




