La llaman "Dama Loríneril del Lago". Pero no siempre se llamó así. En tiempos remotos (¡sólo ella sabe hace cuantos siglos!) fue conocida como Princesa Loríneril, hija del Rey de las Tierras Boscosas, y candidata al trono, por añadidura.
Loríneril es esbelta y hermosa. Un nostálgico recuerdo de la belleza de la gente de antaño, en estos tiempos de decadencia y deterioro. Mas no creáis que la suya es una belleza encandilante o apabulladora, esa clase de hermosura que confunde los sentidos y hace bullir la sangre. No. Pues debéis saber que la suya es una belleza serena que invita al reposo del alma; como una noche de luna llena a principios del otoño, cuando la brisa -aún templada- susurra misteriosamente entre las ramas de los abetos.

El Rey de la Tierras Boscosas tenía tres hijas. Cada una de ellas se destacaba por una cualidad, en la cual sobresalía -según cuentan las ancianas- no solo entre el resto de las jóvenes del minúsculo reino regido por su padre, sino por sobre el mundo entero.
Así, oí decir que la belleza de la mayor no tenía parangón. Y que los pintores que intentaran retratarla habían fallado, uno tras otro, en plasmar su belleza en el lienzo. Y, sin embargo, cuanto príncipe y noble que observara -aunque solo fuera por un instante fugaz- cualquiera de estos retratos, caía en un éxtasis de amor inexplicable y muy difícil de curar. De más está decir que muchos grandes Señores habían solicitado su mano. Pero ella los había rechazado con desdén, concediendo sus favores solamente a Hallus, el joven Emperador de los Vanírelis. Porque era vanidosa y ansiaba lucir la diadema, las alhajas, las sedas, las pieles y la púrpura de Emperatriz. ¡Que por cierto habrán sentado muy bien con su proverbial belleza!
Y, ¿queréis saber qué me han contado las abuelas de vuestras abuelas respecto a la menor? Pues, de ella dijeron que era una inteligencia brillante, como el lucero entre las estrellas. Todos los conocimientos de su tiempo se hallaban en su mente, ¡y la astucia del más avezado de los estrategas! Era sagaz y de visión aguda, y muchos reyezuelos ambiciosos habían solicitado su mano. Pero ella sólo escogió favorecer a Turell, un príncipe joven, dinámico y belicoso más que los demás; cuyas cualidades le garantizaban un futuro brillante, plagado de victorias, conquistas y hazañas guerreras.
Pero la mediana poseía un alma generosa y un corazón sensible, y todos sus poros exudaban bondad. También era hermosa, y sabia. Pero no como sus hermanas, que la opacaban por completo. Porque eran sus hermanas radiantes como lirios de vivos colores en el esplendor del verano. Pero ella era delicada y sencilla como un pimpollo incipiente perlado por las gotas del rocío, en una fresca mañana de primavera.
Y el rey solicitaba su consejo y requería su parecer en los asuntos de Estado. Conducta incomprensible para ministros y cortesanos, y que despertaba los celos de su hija menor, quien consideraba que la abierta preferencia de su padre por el consejo humano de su hija bondadosa (en desmedro del consejo sagaz y sensato que ella era capaz de otorgar), menoscababa su honor.
Pero la segunda hija no tenía pretendientes extranjeros. Sólo algunos nobles locales de menor rango que anhelaban emparentarse con el Rey se habían acercado a solicitar su mano. Y ella los había rechazado sin excepción uno tras otro, consciente de no ser ella misma la solicitada, sino la proximidad de la Casa Real.
Y el Rey de las Tierras Boscosas casó a sus hijas mayor y menor con gran pompa y espléndidos festejos. Y envejeció mucho a pesar de su temprana edad, a causa del yugo del gobierno. Pero Loríneril estaba a su lado, aconsejándolo bien y aliviando la carga de sus hombros con amorosa dedicación.

Y fue cuando el Rey enfermó, que los príncipes y nobles del país se acercaron a su lecho con un pedido:
-Decidnos, Señor, ¿quién regirá sobre nosotros el día en que os retiréis a vuestros aposentos eternos?
-No os preocupéis en vano -dijo el rey-, pues no entregaré el reino en manos de un amo extranjero.
Así se hizo público que el Rey había escogido a Loríneril -y a quien fuera que la desposara-, para sucederle en el trono.
Pero el Rey hizo acudir a su hija para comunicarle su decisión, y le ordenó casarse con el Duque de Oréi; un Señor pobre -entre los nobles , no porque careciera de tierras -que las suyas eran las más extensas y feraces de aquel reino-, sino porque no era severo con sus vasallos; y no les exigía el pago de impuestos elevados, que abruman a la plebe y enriquecen a los Señores. Y a pesar de que ninguna otra princesa habría aceptado una propuesta como ésta, en cambio ¡sí que agradó a Loríneril! Por lo que se fijó la boda para la siguiente primavera.
Pero en la época que nos ocupa aún señoreaba el verano, y tenían por delante muchos meses de trajines y preparativos.

-¡Debes hacer valer tu derecho! -dijo la princesa menor a la mayor pocos días después, apenas consiguieron reunirse-. Pues, como hija primogénita, el trono te pertenece en buena ley. ¿Y por qué habría de heredarlo la menos agraciada de nosotras?
Así habló la menor, y la mayor aprobó su discurso porque, a pesar de que ya era Emperatriz, estaba celosa de Loríneril y no le deseaba bien. Pero la menor era astuta, y hablaba con engaño: pues apenas obtuviera la caída de Loríneril planeaba extender su red también sobre su hermana mayor, apoderándose de su Imperio (y del minúsculo Reino Boscoso, no olvidéis) para sí y para su esposo, el Príncipe Turell.
Mientras tanto, se sentaron ambas a planear la desgracia de su hermana, maquinando una calumnia de la cual no podría escapar indemne. Después rentaron los servicios de un paje que las admiraba, indicándole esperar el momento propicio para actuar.

(Continuará...........)
servido por domovilu
12 comentarios
compártelo
1971 dijo
Esperando la segunda parte, bicos
20 Julio 2008 | 09:18 PM