La Conquista de Beta, Capítulo II (fragmento)
Llamaban a su nave, 'Tierra'; y más que una nave era una inmensa ciudad a la deriva en el espacio, viajando a altas velocidades que, en medidas de distancias siderales, eran casi como quedarse quietos. El último sistema con planetas lo habían dejado atrás hacía más de medio siglo (se seguían utilizando las familiares medidas terrestres para los asuntos cotidianos). Ninguno de los habitantes de esa nave lo recordaba: en Tierra se practicaba una eutanasia implacable, amén de un rigurosísimo control de la natalidad (dos vástagos por pareja reconocida. Los embarazos ilegales eran 'interrumpidos' y ambos transgresores, esterilizados y multados), como medio de mantener una demografía estable. La edad máxima permitida eran los cincuenta años. Cumplidos, el sujeto era eliminado mediante un método indoloro. Los restos se expulsaban al espacio.
Decir que Tierra era una vasta ciudad de dos kilómetros y medio de radio, todavía no le haría justicia. Habría que agregar, que era también una inmensa factoría. Desde oxígeno hasta chips, pasando por tomates y vestimenta, todo debía producirse en su interior. Eran pocos los desechos que se expulsaban. La mayoría se reciclaba. Una tecnología basada en la composición, descomposición y recomposición a nivel molecular y atómico, garantizaba la conversión de deshechos en materia prima útil.
Se daban pues en Nave Tierra, las condiciones para viajar indefinidamente, incluso sin tocar puerto jamás. Con una salvedad: ¡estaba habitada por humanos! Y eso significa conflictos, rivalidades, rencillas permanentes, y una amargura que crecía e iba en aumento entre las generaciones jóvenes que, de primera vista, no conocían otro paisaje que el de su 'lata de sardinas' (por cierto, ¿qué se suponía que era éso?). También entre los mayores crecía el resentimiento. Algunos empezaban a mirar con odio, incluso a la propia descendencia... que se permitía la insolencia de llamarlos 'viejos', a partir de los cuarenta años.
Por cierto y a partir de esa edad, cada día de vida les resultaba un peso abominable en el corazón: sabían que se acercaban al 'Día de su Ejecución' (como se aludía en susurros, al fatídico cumpleaños número cincuenta). Ya se había producido un peligroso motín de 'viejos cuarentones' hacía quince años. Se entiende que había sido sofocado al instante y los 'partidos políticos', suprimidos. Pero la atmósfera artificial de pasillos y habitáculos seguía clandestinamente 'politizada'. Se susurraba lo que estaba prohibido expresar en alta voz, y el descontento general crecía, transmitiéndose a la generación siguiente.
Fue entonces cuando la Computadora de Navegación detectó a Alfa con su sistema planetario. Y Beta entre ellos, describiendo una órbita que hacía suponer que quizás ofreciera más que una mera esperanza de constituírse en un nuevo hogar para la humanidad terrestre. Se tomaron imágenes ampliadas y aproximaciones telescópicas. Se envió una sonda de rastreo a orbitar en torno a Beta, estudiándolo de extremo a extremo. Los informes que fueron acumulándose parecían simultáneamente, desalentadores y promisorios.
Había una ancho cinturón desértico abrazando el planeta. Pero el agua todavía era retenida por las temperaturas gélidas de los casquetes polares. Y no habían habitantes racionales. La prueba: no existían rastros de edificación o cualquier otra 'modificación artificial del medio', detectables. Eso era bueno: no tendrían que disputar el terreno o los recursos a nadie.
La abrupta orografía polar no hacía posible el aterrizaje de una enorme ciudad flotante como Tierra. Pero ascendiendo un poco hacia el interior del planeta, el terreno era liso y pulido, ideal para posarse sobre él. Sería cuestión de hacerlo en una zona subtropical, no demasiado alejada de los círculos polares. Allí el clima sería el ideal, aunque la radiación elevada continuaría constituyendo un serio problema. Por lo menos, hasta que se construyera la necesaria infraestructura. Ya habían expertos desarrollando y estudiando diferentes proyectos de ingeniería.
En suma, la conquista de Beta era posible y se concretaría, pese a las precarias condiciones del planeta anfitrión. Y entonces se abriría una nueva etapa en la historia de la Humanidad: habría una Segunda Tierra. Que por cierto, respondería mejor a su nombre que la Vieja Tierra originaria, a la que el nombre Agua (u Océana), habría definido bastante mejor...
Quizás la imperiosa necesidad de contentarse con el hallazgo provocó un exceso de optimismo. Y éste, uno de ceguera intelectual. Nadie en Nave Tierra se preguntó, cómo podía ser que la superficie de un mundo casi sin atmósfera fuera perfectamente lisa; cuando debería haber lucido averiada por más de un cráter. Bien visto y analizado, ése debería haber sido un claro indicio de que alguna clase de inteligencia se había preocupado de adaptar la Betamorfología a sus designios (cuales fuesen).
O tal vez, el motivo de esa ceguera intelectual hubiera sido la inconsciente pretensión de que una expresión inteligente seguirá parámetros similares a los nuestros. Digamos: si nuestra cibernética se basa en el sistema binario, cualquier otra cibernética posible se basará también en él. Si nuestra civilización construye ciudades, cualquier otra civilización las construirá también. Si nosotros preferimos habitar la superficie, cualquier ser humano hipotético lo preferirá también...
Por eso a la tripulación de Tierra pareció que Beta no estaba habitado por seres inteligentes. Cuando en realidad, ¡habían claros indicios de lo contrario! No obstante, se trazaron las coordenadas y se dio inicio al proceso de descenso y aterrizaje.







politica-y-opinion dijo
Pues nada...ahora a esperar al próximo capitulo...jeje
25 Julio 2008 | 03:28 PM