La Conquista de Beta, Cap. III (continuación)
-Siempre será mejor que te tomen por tonto e ignorante. Así no se cuidarán de lo que dicen o hacen en tu presencia. Entonces, escucharás y verás más...
Sabia recomendación a la que Hou se atuvo a pié juntillas, llegando a exasperar a sus instructores que, en ocasiones, le dedicaban mofas ridículas y muecas jocosas. Pero persistían en enseñarle con una paciencia digna de elogio, a medida que le iban tomando confianza primero y cariño después.
El 'Niño Grande', comenzaron a llamarlo; pretendiendo expresar el contraste existente entre su corta inteligencia y su notoria corpulencia. El Comunicaciones que propiciara su descubrimiento, orgulloso de su proeza, rondaba alrededor de Hou sin abandonarlo de día ni de noche, cual insistente moscardón. El sofisticado joven disfrutaba especialmente, alardeando de los éxitos de la ciencia y la técnica desarrolladas por su civilización; y buscaba la más insignificante oportunidad para impresionar al tosco y primitivo Hombre de Piedra. En cuanto al implicado, se tomaba las cosas con calma. Miraba y escuchaba mucho y con atención. Pero de lo que fuese que pensara daba a entender tan poco, que los engreídos Exteriores acabaron tomándolo por un ser por completo embrutecido, carente de la menor traza de raciocinio.
Dentro del Área Restringida, y durante las horas diurnas (por la noche estaba obligado a retornar a su habitáculo) Hou gozaba de libertad de movimiento; si bien el Comunicaciones le servía de guía, y advertía a su paso a quienquiera no estuviese convenientemente vestido. Fue así como el Superficial conoció los Archivos Audiovisuales.
Había decenas de Archivos Audiovisuales en Nave Tierra. Cada Instituto de Enseñanza y Comunidad Nacional conservaba el suyo propio. Pero el mayor y más completo era éste, el de la Comandancia: dos habitaciones contiguas, repletas de anaqueles con casilleros rotulados, y en cada casillero, un cubo pequeño de tres centímetros (cúbicos, por supuesto); llamados Registros Acústicos los de la Primera Sala (era el Archivo Musical) y Registros de Video los de la Segunda (el Archivo Histórico). El Muchacho de la Consola, fanático entusiasta de la tecnología, no podía dejar pasar esta oportunidad de impresionar a su primitivo pupilo.
-¿Ves? -le dijo, extrayendo un Registro Acústico al azar- En este cubo minúsculo hay música. Si quieres escucharla, sólo tienes que hacer esto.
Lo condujo hacia una pared del recinto, introdujo el cubo en una ranura, y activó el dispositivo pulsando un botón. La música (una Sinfonía de Tchaicovsky) brotó de los ocho ángulos de la habitación (las cuatro esquinas del techo y las cuatro del suelo), envolviéndolos. Hou se sentó en el piso, para escuchar con atención. Nunca antes había escuchado música como esa. Por cierto, tenían música en el mundo subterráneo: una música que podía ser amable en ocasiones, melancólica en otras, y extática en las demás. También los Superficiales tenían su propia especie de música, que nadie fuera de ellos mismos habría considerado tal: cuando les daba por ello, disfrutaban sobremanera captando un 'ruido cósmico' cualquiera y vibrando en plena armonía con él. A eso llamaban 'reproducir la voz del Universo', y era para ellos fuente de un placer pleno e indescriptible.
Esta música, en cambio, no se parecía a nada que Hou conociera. El Captador hizo honor a su denominación, captando la esencia de esa música: un alma en conflicto. Los acordes sinfónicos le evocaban una imagen que surgía con fuerza desde los confines de su conciencia. Una imagen que él mismo no podía haber visto jamás, y sin embargo existía en su memoria: una diminuta cáscara de nuez castigada por la furia del oleaje, durante una bravía tempestad en alta mar. El doloroso debatirse de un alma atormentada. Si le hubiesen dicho en ese momento "El compositor de esta obra acabó suicidándose", habría asentido con un gesto, como quien dice "Lo sospechaba", si bien habría soltado su lacónico "Ah" de siempre. Pero su guía entendía más de consolas que de música o músicos, y no le facilitó el dato que él mismo desconocía.
Terminada la audición, Hou se aproximó a su guía (inflado de orgullo tecnicista) para pedirle balbuceando en un inglés espantoso:
-¿Yo... permitido... sólo... tomar?
Por supuesto y de haberlo querido, podría haberse expresado mejor. Pero ni siquiera la excitación o la curiosidad eran capaces de hacerle olvidar las sabias recomendaciones de Koh. El Comunicaciones, simplemente le dijo:
-Sírvete -acompañando su invitación con un elocuente gesto de su mano.
Hou no esperó a que el permiso le fuera reiterado. Abalanzándose en dirección a los anaqueles comenzó un trabajo metódico: retiraba un Registro, lo sostenía unos segundos entre el índice y el pulgar, lo descodificaba y lo devolvía a su sitio. Seguía con otro: retiraba, descodificaba, devolvía. El siguiente... A unos pasos detrás de él, el muchacho de la consola estalló en carcajadas. Doblándose y retorciéndose de risa, salió a buscar a otros miembros de la tripulación: ¡no les convenía perderse este espectáculo! Al cabo había un nutrido corrillo de curiosos (convenientemente enfundados en sus trajes protectores), festejando con groseras risotadas la ignorante brutalidad del Hombre de Piedra. Las risas se redoblaron cuando una Navegante especialmente instruida, relató para el público la legendaria anécdota de Atahualpa y Pizarro: cuando el Inca analfabeto se llevó una Biblia a la oreja, para 'escuchar la Palabra del Señor'.
Impertérrito, Hou seguía en lo suyo: sabía lo que estaba haciendo. Por lo pronto, hacía copias de ese archivo en la propia memoria, y transmitía en simultáneo a su Comandancia (Koh). Para digerir y analizar, ya habría tiempo durante la noche o más adelante. Sin embargo y pese al apresuramiento con que estaba haciendo su trabajo, Hou alcanzaba a percibir emociones fugaces: ya frivolidad, ya ira, ya rencor, ya dolor, ya pasión, ya fervor, ya piedad, ya desamparo... Como trasfondo de tantos sentimientos contradictorios, flotaba el grisáceo espectro del conflicto interior del alma humana, cuya esencia Hou comenzaba a desentrañar: la violencia. Violencia que se descarga contra otros, violencia de la que se es víctima; violencia que priva de paz, sosiego y armonía, tanto a quienes la perpetran como a los que son blanco de ella. Y como raíz de esa violencia, el egocentrismo ególatra.
-Sufren, porque necesitan amar y se niegan a hacerlo -se dijo con tristeza-. Aplastan porque temen que de no aplastar, serán aplastados. Quieren ser felices a costa de la desgracia ajena, pero la felicidad se les escapa de entre las manos. ¡Pobres desdichados!
Tras una semana de labor febril, terminó de recorrer el Archivo Musical y pasó a la habitación contigua, el Archivo Histórico. Estaba ordenado cronológicamente, pero las primeras grabaciones eran de 'Historia Didáctica', actuada, relatada y documentada: escenificaciones documentales. Solo a partir del Siglo XX, comenzaban los genuinos Registros Audiovisuales: filmaciones rudimentarias que, con el avance de la cronología, mejoraban rápida y notablemente en calidad y fidelidad. Hou descodificaba y se sacudía de espanto. Vio escenas espantosas de la Primer Guerra Mundial, en nada comparables a las escaramuzas bélicas de antes de la Gran Sequía registradas en su memoria. Pero la Primer Guerra Mundial, como cualquiera sabe, no fue más que un tímido preludio del verdadero horror infernal: la Segunda. Espantado, Hou descodificó decenas de filmaciones de ese descabellado conflicto. Desde su lejana base en el Ecuador, Koh se estremecía otro tanto.
Hou siguió adelante: el Registro comenzaba a hacerse más abundante y detallado con el avance de las fechas, y a medida que se aproximaba al final de la cronología que, pese a su labor frenética, demoró semanas en abarcar. Así arribó al panorama mundial de los últimos meses, previos a la partida de la nave. Vio un mundo aniquilado, devastado por el hambre, las epidemias, las secuelas de guerras de exterminio, la contaminación ambiental, y el agotamiento de los recursos fruto de una explotación ambiciosa y desenfrenada. Contempló los trágicos minutos finales: las desesperadas multitudes que, pretendiendo acceder a la nave, eran acribilladas por una barrera defensora formada por soldados acorazados que tampoco partirían. Y a los que el chorro de propulsión de esa misma nave al despegar, consumió en un instante.
Hou sabía ahora demasiado. Mucho más de lo que habría deseado saber. Presa de una ira nueva y desconocida como jamás sintiera en su vida, pulverizó el último Cubo de Registro en su mano. Acto seguido, dejándose caer se sentó con las piernas plegadas, apoyó la pétrea frente sobre las rodillas graníticas, y por primera vez en su 'corta' existencia, lloró amarga y desconsoladamente.
Para su fortuna, la tripulación no interpretó ese llanto correctamente. Pensaron que el Niño Grande lloraba su frustración, al no saber activar los registros. Pero cuando Hou compartió sus impresiones con Koh, diciéndole:
-Me recordó la batalla por alcanzar los casquetes polares -aquel objetó:
-Con una diferencia: los que escaparon a los polos no habían provocado la Gran Sequía. En cambio éstos, fueron los auténticos responsables de la destrucción de su mundo, al que abandonaron a la deriva cuando dejó de serles útil -algo más dijo Koh que, de haberlo escuchado, habría preocupado a los tripulantes de Nave Tierra:
-Si de su propio planeta no se apiadaron, menos lo harán del nuestro. Debemos actuar pronto y mientras estamos a tiempo...










1971 dijo
me parecio ver FIN, ah no es continuara, ire a mi psiquiatra de cocina a que me diga porque veo tantos continuaras .....
28 Julio 2008 | 09:39 PM