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La Coctelera

OTRA OPINIÓN:

¿Y si fuera cierto? ¿Y si REALMENTE fuera cierto? (Piénsalo...)

18 Enero 2009

¿Ciencia o PSEUDO-ciencia?

Cuando bajé del avión, el hombre me esperaba con un pedazo de cartón en el que estaba escrito mi nombre. Yo iba a una conferencia de científicos y comentaristas de televisión dedicada a la aparentemente imposible tarea de mejorar la presentación de la ciencia en la televisión comercial. Amablemente, los organizadores me habían enviado un chofer.

—¿Le molesta que le haga una pregunta? —me dijo mientras esperábamos la maleta.

No, no me molestaba.

—¿No es un lío tener el mismo nombre que el científico aquel?

Tardé un momento en comprenderlo. ¿Me estaba tomando el pelo? Finalmente lo entendí.

—Yo soy el científico aquel —respondí. Calló un momento y luego sonrió.

—Perdone. Como ése es mi problema, pensé que también sería el suyo.

Me tendió la mano.

—Me llamo William F. Buckiey.

(Bueno, no era exactamente William F. Buckiey, pero llevaba el nombre de un conocido y polémico entrevistador de televisión, lo que sin duda le había valido gran número de inofensivas bromas.)

Mientras nos instalábamos en el coche para emprender el largo recorrido, con los limpiaparabrisas funcionando rítmicamente, me dijo que se alegraba de que yo fuera «el científico aquel» porque tenía muchas preguntas sobre ciencia. ¿Me molestaba?

No, no me molestaba.

Y nos pusimos a hablar. Pero no de ciencia. Él quería hablar de los extraterrestres congelados que languidecían en una base de las Fuerzas Aéreas cerca de San Antonio, de «canalización» (una manera de oír lo que hay en la mente de los muertos... que no es mucho, por lo visto), de cristales, de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín... Presentaba cada uno de estos portentosos temas con un entusiasmo lleno de optimismo. Yo me veía obligado a decepcionarle cada vez.

—La prueba es insostenible —le repetía una y otra vez—. Hay una explicación mucho más sencilla.

En cierto modo era un hombre bastante leído. Conocía los distintos matices especulativos, por ejemplo, sobre los «continentes hundidos» de la Atlántida y Lemuria. Se sabía al dedillo cuáles eran las expediciones submarinas previstas para encontrar las columnas caídas y los minaretes rotos de una civilización antiguamente grande cuyos restos ahora sólo eran visitados por peces luminiscentes de alta mar y calamares gigantes. Sólo que... aunque el océano guarda muchos secretos, yo sabía que no hay la más mínima base oceanográfica o geofísica para deducir la existencia de la Atlántida y Lemuria. Por lo que sabe la ciencia hasta este momento, no existieron jamás. A estas alturas, se lo dije de mala gana.

Mientras viajábamos bajo la lluvia me di cuenta de que el hombre estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no sólo descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior. Y, sin embargo, hay tantas cosas en la ciencia real, igualmente excitantes y más misteriosas, que presentan un desafío intelectual mayor... además de estar mucho más cerca de la verdad. ¿Sabía algo de las moléculas de la vida que se encuentran en el frío y tenue gas entre las estrellas? ¿Había oído hablar de las huellas de nuestros antepasados encontradas en ceniza volcánica de cuatro millones de años de antigüedad? ¿Y de la elevación del Himalaya cuando la India chocó con Asia? ¿O de cómo los virus, construidos como jeringas hipodérmicas, deslizan su ADN más allá de las defensas del organismo del anfitrión y subvierten la maquinaria reproductora de las células; o de la búsqueda por radio de inteligencia extraterrestre; o de la recién descubierta civilización de Ebla, que anunciaba las virtudes de la cerveza de Ebla? No, no había oído nada de todo aquello. Tampoco sabía nada, ni siquiera vagamente, de la indeterminación cuántica, y sólo reconocía el ADN como tres letras mayúsculas que aparecían juntas con frecuencia.

El señor «Buckiey» —que sabía hablar, era inteligente y curioso— no había oído prácticamente nada de ciencia moderna. Tenía un interés natural en las maravillas del universo. Quería saber de ciencia, pero toda la ciencia había sido expurgada antes de llegar a él. A este hombre le habían fallado nuestros recursos culturales, nuestro sistema educativo, nuestros medios de comunicación. Lo que la sociedad permitía que se filtrara eran principalmente apariencias y confusión. Nunca le habían enseñado a distinguir la ciencia real de la burda imitación. No sabía nada del funcionamiento de la ciencia.

Hay cientos de libros sobre la Atlántida, el continente mítico que según dicen existió hace unos diez mil años en el océano Atlántico. (O en otra parte. Un libro reciente lo ubica en la Antártida.). La historia viene de Platón, que lo citó como un rumor que le llegó de épocas remotas. Hay libros recientes que describen con autoridad el alto nivel tecnológico, moral y espiritual de la Atlántida y la gran tragedia de un continente poblado que se hundió entero bajo las olas. Hay una Atlántida de la «Nueva Era», «la civilización legendaria de ciencias avanzadas», dedicada principalmente a la «ciencia» de los cristales. En una trilogía titulada La ilustración del cristal, de Katrina Raphaell —unos libros que han tenido un papel principal en la locura del cristal en Norteamérica—, los cristales de la Atlántida leen la mente, transmiten pensamientos, son depositarios de la historia antigua y modelo y fuente de las pirámides de Egipto. No se ofrece nada parecido a una prueba que fundamente esas afirmaciones. (Podría resurgir la manía del cristal tras el reciente descubrimiento de la ciencia sismológica de que el núcleo interno de la Tierra puede estar compuesto por un cristal único, inmenso, casi perfecto... de hierro.)

Algunos libros —Leyendas de la Tierra, de Dorothy Vitaliano, por ejemplo— interpretan comprensivamente las leyendas originales de la Atlántida en términos de una pequeña isla en el Mediterráneo que fue destruida por una erupción volcánica, o una antigua ciudad que se deslizó dentro del golfo de Corinto después de un terremoto. Por lo que sabemos, ésa puede ser la fuente de la leyenda, pero de ahí a la destrucción de un continente en el que había surgido una civilización técnica y mística preternaturalmente avanzada hay una gran distancia.

Lo que casi nunca encontramos —en bibliotecas públicas, escaparates de revistas o programas de televisión en horas punta— es la prueba de la extensión del suelo marino y la tectónica de placas y del trazado del fondo del océano, que muestra de modo inconfundible que no pudo haber ningún continente entre Europa y América en una escala de tiempo parecida a la propuesta.

Es muy fácil encontrar relatos espurios que hacen caer al crédulo en la trampa. Mucho más difícil es encontrar tratamientos escépticos. El escepticismo no vende. Es cien, mil veces más probable que una persona brillante y curiosa que confíe enteramente en la cultura popular para informarse de algo como la Atlántida se encuentre con una fábula tratada sin sentido crítico que con una valoración sobria y equilibrada.

Quizá el señor «Buckiey» debería aprender a ser más escéptico con lo que le ofrece la cultura popular. Pero, aparte de eso, es difícil echarle la culpa. Él se limitaba a aceptar lo que la mayoría de las fuentes de información disponibles y accesibles decían que era la verdad. Por su ingenuidad, se veía confundido y embaucado sistemáticamente.

La ciencia origina una gran sensación de prodigio. Pero la pseudociencia también. Las popularizaciones dispersas y deficientes de la ciencia dejan unos nichos ecológicos que la pseudociencia se apresura a llenar. Si se llegara a entender ampliamente que cualquier afirmación de conocimiento exige las pruebas pertinentes para ser aceptada, no habría lugar para la pseudociencia. Pero, en la cultura popular, prevalece una especie de ley de Gresham según la cual la mala ciencia produce buenos resultados. En todo el mundo hay una enorme cantidad de personas inteligentes, incluso con un talento especial, que se apasionan por la ciencia. Pero no es una pasión correspondida...

[...]

Pero la superstición y la pseudociencia no dejan de interponerse en el camino para distraer a todos los «Buckiey» que hay entre nosotros, proporcionar respuestas fáciles, evitar el escrutinio escéptico, apelar a nuestros temores y devaluar la experiencia, convirtiéndonos en practicantes rutinarios y cómodos además de víctimas de la credulidad. Sí, el mundo sería más interesante si hubiera ovnis al acecho en las aguas profundas de las Bermudas tragándose barcos y aviones, o si los muertos pudieran hacerse con el control de nuestras manos y escribirnos mensajes. Sería fascinante que los adolescentes fueran capaces de hacer saltar el auricular del teléfono de su horquilla sólo con el pensamiento, o que nuestros sueños pudieran predecir acertadamente el futuro con mayor asiduidad que la que puede explicarse por la casualidad y nuestro conocimiento del mundo.

Todo eso son ejemplos de pseudociencia. Pretenden utilizar métodos y descubrimientos de la ciencia, mientras que en realidad son desleales a su naturaleza, a menudo porque se basan en pruebas insuficientes o porque ignoran claves que apuntan en otra dirección. Están infestados de credulidad. Con la cooperación desinformada (y a menudo la connivencia cínica) de periódicos, revistas, editores, radio, televisión, productores de cine y similares, esas ideas se encuentran fácilmente en todas partes. Mucho más difíciles de encontrar, como pude constatar en mi encuentro con el señor «Buckiey», son los descubrimientos alternativos más desafiantes e incluso más asombrosos de la ciencia.

La pseudociencia es más fácil de inventar que la ciencia, porque hay una mayor disposición a evitar confrontaciones perturbadoras con la realidad que no permiten controlar el resultado de la comparación. Los niveles de argumentación, lo que pasa por pruebas, son mucho más relajados. En parte por las mismas razones, es mucho más fácil presentar al público en general la pseudociencia que la ciencia. Pero eso no basta para explicar su popularidad.

Naturalmente, la gente prueba distintos sistemas de creencias para ver si le sirven. Y, si estamos muy desesperados, todos llegamos a estar de lo más dispuestos a abandonar lo que podemos percibir como una pesada carga de escepticismo. La pseudociencia colma necesidades emocionales poderosas que la ciencia suele dejar insatisfechas. Proporciona fantasías sobre poderes personales que nos faltan y anhelamos (como los que se atribuyen a los superhéroes de los cómics hoy en día, y anteriormente a los dioses). En algunas de sus manifestaciones ofrece una satisfacción del hambre espiritual, la curación de las enfermedades, la promesa de que la muerte no es el fin. Nos confirma nuestra centralidad e importancia cósmica. Asegura que estamos conectados, vinculados, al universo. A veces es una especie de hogar a medio camino entre la antigua religión y la nueva ciencia, del que ambas desconfían.

En el corazón de alguna pseudociencia (y también de alguna religión antigua o de la «Nueva Era») se encuentra la idea de que el deseo lo convierte casi todo en realidad. Qué satisfactorio sería, como en los cuentos infantiles y leyendas folclóricas, satisfacer el deseo de nuestro corazón sólo deseándolo. Qué seductora es esta idea, especialmente si se compara con el trabajo y la suerte que se suele necesitar para colmar nuestras esperanzas...

Fragmentos del primer capítulo del libro "El mundo y sus demonios", de Carl Sagan. A continuación os dejo el libro completo para descargar en PDF.

Sagan, Carl - El mundo y sus demonios.pdf

Muy recomendado!

-Domovilu-.

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12 comentarios · Escribe aquí tu comentario

domovilu

domovilu dijo

Nota:
Pinchando en el fractal, se os abrirá una ventana emergente con la imagen en tamaño original (MUCHOS PíXELS!!!). Vale la pena intentarlo.
:-)

18 Enero 2009 | 08:51 PM

politica-y-opinion

politica-y-opinion dijo

jeje...valdría la pena si el fractal valiera la pena...es broma. aunque si es verdad que he visto mejores fractales por este blog...

19 Enero 2009 | 08:13 PM

Gustavo

Gustavo dijo

Decía en mi fallido comentario, que el Sr. Sagan me pone en algunos aprietos con este texto, Y es que los científicos de hoy día, los que se precian de hacer "ciencia de la buena", ya no me son de fiar. Es que con sus "buenos nombres", muchos de ellos han avalado extremos alarmistas que no tienen más fundamento que los fascinantes temas de la pseudo-ciencia a la que se refiere su texto. Y mira que venden muy bien esa ciencia "políticametne correcta" del alarmismo, que no es menos pseudo-ciencia que la del triangulo de las Bermudas, de las profecías del ojo pelado, o la de las aventuras del Chupacabras.

Pero, peleas personales con los nobles científicos, debo decir que tu post es muy bueno y que estoy medianamente de acuerdo con el Sr. Carl Sagan.

PS: ¿Te has dado cuenta de como el término "Calentamiento global" ha ido desapareciendo para ser sutilmente trocado por el de: "Cambio climático" ? ¿Y qué paso con el desastre cataclísmico que vendría con el debilitamiento de la capa de ozono? Ya ni quien se acuerde de la dichosa capa.

19 Enero 2009 | 11:06 PM

domovilu

domovilu dijo

Tengo otro libro de Sagan ("Miles de Millones"), destinado a despertar la conciencia ecológica. Es un libro con unos 15 años de antigüedad, que hoy quedó desfazado en muchos puntos. Parte de sus advertencias siguen siendo actuales: el tema de la contaminación ambiental, especialmente del agua, y la deforestación. Esos son temas graves que siguen vigentes. También trata el tema de la capa de ozono, que él creía como muchos entonces, un proceso irreversible provocado por el hombre, y por supuesto el del calentamiento global causado por el famoso CO2 de origen industrial.

Como decía, aquel libro es viejo (y creo que este ya tiene su década también), y me intriga saber si el Sr. Sagan seguirá sosteniendo sus mismas posturas hoy en día, sin haberlas cambiado ni revisado desde entonces. En tal caso, su actitud al respecto podría considerarse muy poco científica. Una de las claves de la ciencia, lo que la convierte en tal, es que no esgrime dogmas inamovibles ni se escuda tras autoridades indiscutibles. En ciencia todo se discute, siempre, sin importar que lo hayan dicho Einstein o Newton o el que quieras. Y todo se vuelve a revisar, una vez tras otra.

El principal problema que yo les veo a los científicos, es que no son ángeles etéreos cuya única motivación es el amor a la verdad y el deseo de desentrañarla. Sino seres humanos con necesidades, defectos y ambiciones humanas. Y entre otras cosas, todos los científicos lo primero que buscan desesperadamente es FONDOS, subvenciones, etc. Todo eso se puede obtener, o de empresas privadas o de los gobiernos. Obtengan su financiación de donde la obtengan, eso significa que estarán trabajando para intereses muy concretos, que muchas veces nada tienen que ver con la búsqueda de la verdad. De ahí que unos acaben acusando a los otros de estar "manipulando" los hechos movidos por "intereses" ajenos a la ciencia, cuando en realidad tanto los primeros como los segundpos están haciendo exactamente lo mismo, solo que sirviendo a bandos opuestos...

No obstante, el libro que presento es bueno, en el sentido de que ayuda al lector no-científico a aprender a distinguir por sí mismo, y a desarrollar su capacidad crítica. Y eso es positivo.

19 Enero 2009 | 11:46 PM

domovilu

domovilu dijo

Estoy preparando un artículo sobre sonadas "estafas científicas", y cómo se descubrieron: una, un grupo de científicos rivales se ocuparon de desenmascararla prácticamente enseguida de nacer; la otra, los científicos demoraron décadas en admitir que de hecho, todo el asunto había sido un fiasco... ¡Verás que te gustará!
:D

19 Enero 2009 | 11:54 PM

migueltesorillo

migueltesorillo dijo

Carl Sagan no puede opinar sin caer en la pseudociencia, pues murió en 1992. La gente cree, que en la pseudociencia por circulos viciosos. Dé dinero y mucha gente se apunta a hablar de ella, pues gana más, que hablando de ciencia y temas serios. Miguel Temprano, un periodista español, se decidio a hablar del corazon, en España llamamos así a la vida y chisme de los famosos,pues en politica y sucesos se gana menos. Cuantos divulgadores se pasaran de la ciencia a la pseudociencia, por el dinero. Sabías, que hasta la explosión de vida del Cambrico, hace 600 millones de años, la atmosfera solo podía tener vida unicelular, pues el Oxigeno en la tierra no era muy abundante. Pues hay gente, que no me cree. Lo dice el registro fosil.

21 Enero 2009 | 12:14 PM

domovilu

domovilu dijo

Vaya: no sabía que hubiese fallecido. Así que me deja con la intriga de saber qué diría hoy. Ya me parecía que eran viejos y desfazados, los libros...
;-)
Lo del oxígeno, ya me olvidé de qué bacterias se supone que lo produjeron en grandes escalas, porque antes no existía. Tendría que recordar primero en qué libro topé el dato. Creo que era en un tal "Qué es la vida", que hicieron un par de científicos, creo que ingleses... plagiando un título de Schrödinger, por cierto.
:D

21 Enero 2009 | 01:23 PM

migueltesorillo

migueltesorillo dijo

Si me permites el chiste. Puedes usar el espiritismo.

21 Enero 2009 | 04:08 PM

domovilu

domovilu dijo

La Torá lo prohibe. Mejor espero a que se me aparezca en sueños, juas, juas.
;-)

21 Enero 2009 | 04:42 PM

migueltesorillo

migueltesorillo dijo

Puedes ver la serie Cosmos y leer sus libros. Allí queda un poquito de su alma. Mas si quieres pecar contra la Torá esta el espiritismo. Al fin y al cabo una pseudociencia. A ver si en Israel desaparece la sequia. ¿Hay restricciones de agua?. Siempre queda invocar la lluvia con medidas pseudocientificas.

25 Enero 2009 | 07:58 PM

domovilu

domovilu dijo

¿El espiritismo es pseudociencia?
Hum........
Vaya cosa difícil de catalogar.
No es religión, ni mucho menos ciencia, pero tampoco pseudociencia.
¿Qué sí es?
Pues una especie de hechicería, creo yo. Puedes creer en la hechicería, y puedes no creer. Yo prefiero creer quie el 99% de los que se dicen "Brujos" y/o "hechiceros" son perfectos embaucadores.
;-)

25 Enero 2009 | 08:10 PM

migueltesorillo

migueltesorillo dijo

Cuantos milimetros caen al año en la zona del centro de Israel donde vives. A ojo de buen cubero creo, que menos de 400 milimetros por metro cuadrado. He acerrtado.

27 Enero 2009 | 12:59 PM

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“¿Quién sois, señor?”, preguntó Frodo a Tom Bombadil. Y aquel, de habitual alegre y travieso, de súbito se puso serio para, en lugar de responder, devolverle la propia pregunta como un boomerang: “Dime, ¿quién eres tú, solo, tú mismo y sin nombre?” ¿Yo misma Y SIN NOMBRE??? Pues soy una mujer común y corriente a la que apasionan... 1) El estudio. 2) La música. 3) ¡Los fractales! Entre muchas otras cosas, claro.
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